Split image labeled CASA (The Structure) and HOGAR (The Essence), showing a modern house and family living room.

El caso Maricarmen y la ausencia de grises

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El caso Maricarmen por aquí, el decreto Maricarmen por allá, los golpes de pecho por los pseudorrevolucionarios, también llamados los colágeno de Maricarmen, a la siniestra de la izquierda y los detractores de Maricarmen, la mayor arpía y parásito social —según otra masa— a la diestra de la derecha.

Hemos convertido a una mujer de 87 años al borde de un apechusque repentino en una espada de doble filo, en un símbolo de la sinrazón por cada persona que quiere que le compres el paquete ideológico entero.

Los militantes de izquierdas la han beatificado —santificado sea su nombre— y han demonizado a dos señores que compraron el piso a su propietario.

Los de la derecha han hecho exactamente lo mismo, solo que a la inversa. Han convertido a Maricarmen en la bisabuela de Satanás y a antiguos y nuevos propietarios del piso en ángeles.

En un mundo en el que todo es blanco o negro echo en falta la figura del moderado. «Aureas mediocritas», exponía Aristóteles. La virtud está en el medio.

Lo moderado, en política, es una postura que se sitúa en el centro ideológico y rechaza los extremos y que busca el equilibrio, que evita posturas radicales o dogmáticas en la gestión pública y las creencias, por lo que rechaza, de facto, cualquier extremismo y busca el diálogo, la conciliación y el respeto institucional e interpersonal frente a la confrontación.

Si lo moderado fuese un color, sería el gris. Y nos hemos olvidado de todos los grises que hay.

Bastante hemos oído sobre el caso Maricarmen como para ponerme a explicar de manera extendida qué ha ocurrido, aunque cada quién lo cuenta a su manera.

El antiguo propietario vende la casa en la que Maricarmen lleva viviendo 70 años con la renta antigua —fruto del régimen franquista— a dos señores que tienen una pequeña empresa y que llevan luchando prácticamente una década para que el piso (que han adquirido de forma totalmente legal) sea desalojada y así ellos puedan hacer lo que les venga en gana con su propiedad.

Si tengo que hablar de Maricarmen, desde un punto de vista analítico, diría que es una mujer que no se ha preocupado en su vida por tener una mínima educación financiera —problema que, a día de hoy, persiste en la sociedad española—. Ha vivido con sus padres y los ha visto morir en la misma casa y ha trabajado como funcionaria funcionaria en Madrid cuando un sueldo de 1500 euros (o su equivalente en pesetas) daba para mucho incluso en la gran ciudad.

Me voy a aventurar a hacer un análisis de Maricarmen pero, como cualquiera de un lado o de otro, va a ser incompleto. Incompleto porque yo no conozco su historia vital, ni todas las circunstancias por las que ha pasado ni si en sus 87 años de vida ha obrado el bien o el mal.

Me he visto estos últimos días rodeada y bombardeada por los diferentes medios de comunicación y redes sociales que exponen juicios como verdades que tienes que tomar o dejar y, dependiendo de lo que elijas, eres una bellísima persona o una escoria humana.

Yo no te voy a decir que todo lo que diga sea una verdad absoluta. Me niego a caer en redundancias que rozan lo absurdo. Es, simple y llanamente, la emisión de un juicio que no quiero que tomes en ningún momento como verdad absoluta, porque ni yo ni absolutamente nadie que abra la boca la tiene.

Maricarmen ha sido una de las mujeres que más potra ha tenido. Eso es indudable. Es de las pocas personas que ha permanecido con la renta antigua por benevolencia de los antiguos propietarios del piso.

Es una mujer que ha hecho su vida en uno de los barrios más caros de todo Madrid por un precio en el que hoy no puedes ni optar a alquilarte una habitación en un piso compartido con cinco personas más.

Además, no solo ha hecho allí su vida, sino que también ha visto pasar la vida y la muerte de sus padres entre esas cuatro paredes.

Eso no la exime de que haya sido una persona financieramente irresponsable.

Es irrefutable que vivir bajo el mismo techo que tus padres debe, en teoría, darte más capacidad de ahorro que una persona que vive sola o con su pareja con un alquiler y gastos fijos que deben asumir como parte de sus responsabilidades de adulto.

Si no me crees, te voy a hacer la siguiente pregunta: ¿quién ha tenido más capacidad de ahorro en un año: la Celia del 2023, que vivía en Barcelona y compartía un alquiler de 1800 euros con dos personas más y con gastos fijos como el de la luz, el agua y la comida, entre otros; o la Celia del 2025, que ha estado en casa con su madre?

Espero que hayas elegido la respuesta correcta.

Me gustaría decirte que me serviría de la pobre mujer en época franquista, pero es que a mi bisabuela le asesinaron a su marido y ella salió adelante como madre soltera de dos hijos… Dejé de ver una historia personal como una imposición a una única verdad hace muchos años, tras darme cuenta de que dentro de la Historia hay cientos y miles de ellas, todas y cada una de ellas personales personales, que no se cuentan o han pasado al olvido y conforman un puzle mucho más complejo que un simple relato.

No creo que Maricarmen haya sido ni que sea una santa, creo que ha tomado decisiones financieras terriblemente malas (si es que acaso no tiene nada ahorrado o no ha podido sacarse las castañas del fuego).

Hay gente especulando sobre lo que tiene o deja de tener en el banco, sobre los viajes que ha hecho o ha dejado de hacer o sobre si los domingos se iba o no a tomarse un vermú con las amigas y a jugar al bingo como buena gata madrileña.

Juzgar sus decisiones, sus aciertos o sus errores en esta vida sin verdaderamente saber nada de ella me parece indecoroso. A la mayoría os la pela enormemente, pero a mí no.

Y no quiero entrar en el juego de santificarla, pero tampoco voy a jugar al juego de que ella es la mala de todo esto por querer morir en «su» casa.

Y, para que me comprendas, voy a enseñarte español.

Verás, hay una diferencia entre casa y hogar. Desde un punto de vista lingüístico y sociológico, estos dos sustantivos hacen referencia a dos dimensiones distintas de un mismo espacio: la material y la simbólica.

El sustantivo «casa» designa a un espacio físico habitable. Es una palabra bastante neutral. Podemos formar oraciones como «han comprado una casa», «la casa necesita una reforma», «venden la casa del vecino»

Si te fijas bien, puedes describir una casa sin hablar en absoluto de las personas que viven dentro de ella.

Por otro lado, el sustantivo hogar no describe tanto el inmueble como la relación de una persona o una familia con el lugar que habita.

Veámoslo con ejemplos: «Ha construido allí su hogar», «perdió su hogar», «volvió al hogar de su infancia»

Qué paradoja, ¿no crees? Puedes tener una casa que no sea tu hogar y un hogar que no sea tu casa en propiedad.

Para ahondar un poco más en la palabra hogar, te cuento una curiosidad etimológica: hogar y fuego tienen el mismo origen. De hecho, un hogar está históricamente relacionado con el fuego doméstico. El fogar, en castellano medieval, era el sitio para hacer la lumbre.

Con la evolución de la lengua se produjo lo que se conoce como amplificación semántica: del lugar físico alrededor del fuego se pasa al espacio familiar y, finalmente, a la idea abstracta de pertenencia, intimidad y vida.

Quizá no lo sabes, pero no somos los únicos que hacemos esa distinción entre lo físico y lo espiritual.

Maison / Foyer (que viene de la palabra latina focus «fuego») .

Casa / Focolare (que viene de la palabra latina focus «fuego») .

En rumano tienen la palabra vatră (que también tiene que ver con esa representación del fuego y tiene sus orígenes en las lenguas protoindoeuropeas).

También se hace la diferencia en las lenguas germánicas, como el alemán o el inglés, o en las lenguas escandinavas.

De hecho, lo que no sé es si hay un idioma en el que la distinción no exista.

Sociológicamente, una casa se convierte en hogar con el paso del tiempo, las experiencias vividas y los recuerdos y vínculos que en ese espacio (te pertenezca o no, has creado).

Quizá cuando tu vuelvas a (la) casa de tus padres por Navidad, como los Ferrero Rocher, sientas que estás en casa.

Y estás en casa y no en la casa porque es hogar, unidad, cotidianidad y recuerdos.

Eso es lo que le han quitado a Maricarmen con 87 años al borde de un apechusque.

Y sí, puedo empatizar con ella. A mí con 24 años mi padre me hizo devolverle las llaves de SU casa para que él, su novia y el hijo de su novia la puedan disfrutar. Nunca me las ha devuelto (ni creo que lo haga, ni yo se las pediré)

Así que, sí, sé lo que es que te echen de un hogar, aunque la casa no estuviera a mi nombre propio.

Y también sé lo que es sacarme las castañas del fuego y trabajar de domingo a domingo de 07:00 a 23:00 para conseguir los ahorros suficientes para comprarme un pisito con el que me he endeudado, como el resto de ese selecto grupo de jóvenes que hemos podido acceder a una vivienda, durante unas cuantas décadas.

Aunque crea y defienda a capa y espada la propiedad privada y la libertad individual y una clase media que está al borde de la extinción, no puedo hacer otra cosa que sentir un mínimo de empatía por alguien que, aunque no haya perdido su casa, porque nunca lo fue, perdió su hogar.

Quizá piense así porque me gusta lo gris.

P.D.: lo del acceso a la vivienda de los jóvenes es otra historia.

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