La tinderesca española: sobre el amor, el consumo y la libertad de no ponerse a la venta

Escrito por

·

—Tía, hazte Tinder con nosotros y nos contamos entre los tres nuestras aventuras.

Es un domingo cualquiera de un tórrido agosto cualquiera. Estamos los tres domingueros sentados en la terraza de un bar, a la fresca del octavo mes murciano; todo sea porque nos podamos fumar un cigarrito tranquilamente mientras nos bebemos dos Coca-Colas, una normal y la otra Zero; y un agua Vichy.

Las palabras resuenan en mi mente mientras Abeto y Jan van deslizando el catálogo de personas que se encuentran.

Quizá piensen que ya estamos en las segundas rebajas y que por eso solo queda lo que hay.

Un WYSIWYG. What you see is what you get.

Lo que ves es lo que hay.

Ver, ojear, escanear palabras clave que el algoritmo sabe interpretar como tus preferencias. Y consumir. Consumir gente, consumir historias, consumir tiempo y consumir ilusiones.

Efectivamente. No hay mejor verbo que refleje en qué se han convertido las redes sociales. Consumir.

Me gusta ese verbo porque todos sus sinónimos son igualmente utilizables y completamente compatibles.

La tinderesca (o picaresca de Tinder) se resume en gastar, agotar, utilizar, extinguir e incluso comer personas.

Hace unos años te habría dicho, ilusa de mí, que eso no es así, que en Tinder puedes encontrar a gente maravillosa e incluso al amor de tu vida. O al menos eso pensaba en 2020. Supongo que era porque yo misma me enamoré gracias a la tinderesca española, aunque esa es otra historia.

—Abeto, es increíble cómo solo te pueden gustar los tíos destrozaos. Es que ni alternativos, ni pollas en vinagre. Son tíos destrozados.

La voz de Jan me devuelve por unos instantes a la realidad más cruda. Siguen con el móvil, viendo el catálogo de personas. Este sí, este no. Incluso se intercambian los teléfonos y eligen el uno por la otra y la otra por el uno.

Se ríen, se divierten. Hablan con alguno. Otros se quedan en el cajón desastre.

«Pues que me hablen ellos», dicen los dos.

Vuelvo a mi caparazón. Pienso en el amor.

¿Sigue existiendo el amor del bueno? ¿Qué es el amor del bueno? ¿Es lo mismo que el buen amor?

Divago. Siempre lo estoy haciendo. Algunas veces en voz alta y acompañada de mis personas seguras; otras, conmigo misma.

Consumir. Consumir personas.

Rubios no, morenos sí. A Jan le gustan con un buen par de tetas y que tengan cara de ángel si son mujeres. Con los hombres es más permisivo.

A Abeto le gustan de ojos claros, con mirada enigmática, a veces perdida. Le gusta un mal hombre bukowskiano. Con los ojos ensangrentados después de una noche de rave. Con tatuajes hasta el cuello y con pinta de que te van a escupir en el coño sin compasión y te van a dar el sexo más guarro de tu vida.

Mientras se ríen y comparan el catálogo que les sale a cada uno, pienso en Erich Fromm y su tesis en El arte de amar.

Que en 1956 se publicase un ensayo sobre lo mucho que desea el sujeto ser amado, pero lo poco que le interesa aprender a amar me parece de total relevancia un domingo cualquiera de un tórrido agosto cualquiera.

Amar es un arte. Y, como tal, debe cultivarse como se cultiva la música, la escritura o cualquier otra disciplina. Requiere conocimiento, práctica, paciencia, concentración y compromiso.

¿Y qué conocimiento, paciencia, concentración y compromiso nos quedan setenta años después?

—Venga, tía. Que esto está siendo muy divertido.

Vuelvo a la realidad. Le digo a Abeto que muchas gracias por la oferta, pero que ahora mismo no me interesa.

Me pasa el móvil y me dice que deslice unos cuantos por ella.

Joder, cómo engancha esta forma de consumo. Se parece a los vídeos de frutas de TikTok. Una mierda que engancha y que fríe el cerebro a más personas de las que debería.

Le doy a la rechazar a la mayoría de los que veo. Next. No voy a permitir que seas tú el que desestabilice a mi pequeña, pienso.

Ojalá no te gustasen bukowskianos, amiga.

Pienso en la libertad. Y en mi libertad elijo no jugar al consumo de personas.

Elijo no ser siempre una persona competitiva, productiva, consumista y preocupada por mi valor en el mercado. Elijo no venderme. No jugar a la mercadotecnia y ofertarme como un bien (o un mal, depende de cómo se mire) que se pueda consumir.

Lo elijo porque si no me consumo, me apago, me agoto y me extingo.

—Esto de Tinder es la liquidez del amor y de la sociedad en estado puro.

Vuelvo al presente. Decido que por mi boca salgan seis palabras. Es lo único que tengo que aportar.

—Esto podría llamarse la tinderesca española.

Me río ante mi ocurrencia. Vuelvo a mi mundo.

Bauman.

Bauman era un señor mucho más pesimista y con el que estoy muy de acuerdo en su tesis sobre el amor líquido.

El amor es un vínculo difícil de sostener en una sociedad líquida, argumentaba.

El problema es también un entorno que vuelve frágil el compromiso.

Todos somos ahora sustituibles…

En fin, que me lo digan a mí, que me han sustituido por un nuevo hijo de otro lefazo.

Sí, me da por pensar en ese lefazo. Y también la eyaculación que causó que yo esté hoy escribiendo esto.

Le doy vueltas a la vida, al arte y al consumo del deseo y del amor.

Solo me falta echarme a llorar.

Deja un comentario